Escoger una vivienda para disfrutar del verano implica también decidir cómo queremos vivir esa época del año. Algunas casas están concebidas como una prolongación de la vida cotidiana, mientras que otras consiguen transformar el ritmo de sus habitantes desde el mismo momento en que cruzan la puerta. Para Borgos Pieper, una residencia vacacional debe formar parte de esta segunda categoría.
La arquitectura de una casa de verano tiene que favorecer una forma de vida más flexible, conectar los espacios interiores con el entorno y permitir que diferentes maneras de disfrutar del tiempo compartan un mismo espacio. Desayunar al aire libre y a la sombra, alargar una comida, acceder directamente desde la piscina al jardín, reunirse al caer la tarde o disponer de un rincón tranquilo para leer son experiencias que deben tenerse en cuenta al mismo nivel que estancias como los dormitorios, el salón o la cocina.
A través de siete proyectos residenciales situados en entornos muy diversos, el estudio reflexiona sobre las características que debe reunir una vivienda para convertirse realmente en un hogar de verano. Las soluciones varían según el clima, el terreno y las necesidades de sus habitantes, aunque todas parten de un mismo planteamiento: una buena residencia vacacional no debe limitarse a aprovechar las vistas o incorporar determinadas comodidades, sino que tiene que lograr que quienes la habitan disfruten del entorno de una forma más intensa, espontánea y personal.
Cuando la casa se convierte en destino
En una casa de verano, la experiencia del viaje no termina al alcanzar la costa, el lago o la montaña. Continúa en la forma de llegar a la vivienda, recorrerla y descubrir el paisaje desde ella.
La arquitectura participa en cada uno de esos momentos. Puede contener las vistas durante el acceso para revelarlas después, conducir hacia un patio antes de abrirse al horizonte o crear una transición gradual entre los espacios comunes y las zonas más privadas. La casa no es únicamente el alojamiento desde el que se conoce un destino: también es una forma de interpretarlo.
“No se trata de trasladar una vivienda convencional a un entorno de vacaciones y añadir una piscina o una terraza. Una casa de verano debe responder a otra relación con el tiempo, con el exterior y con las personas que la habitan. Su arquitectura tiene que facilitar una vida más libre, pero también preservar la intimidad y el descanso”, explica Nadine Pieper, arquitecta y directora de Borgos Pieper.
Esta forma de entender la residencia vacacional desplaza la atención desde la espectacularidad hacia la experiencia. El valor de la casa no depende solo de su tamaño o de la amplitud de sus vistas, sino de cómo acompaña los distintos momentos del día y permite disfrutarlos sin esfuerzo.
La llegada marca el comienzo del verano

El cambio de ritmo puede comenzar antes incluso de cruzar la puerta. Borgos Pieper concibe la llegada como una secuencia que ayuda a dejar atrás la vida cotidiana y entrar progresivamente en el ambiente de la casa.
En la Casa del Árbol de Sotogrande, el acceso se organiza entre muros, vegetación, agua y un patio central presidido por un árbol. La vivienda no se muestra por completo desde el primer momento, sino que se descubre poco a poco hasta abrirse hacia el jardín y la piscina. El recorrido crea una pausa y convierte la llegada en el primer episodio de la estancia.
En la villa del lago en Caputh, la experiencia está marcada por el descenso hacia el lago. La casa presenta una imagen contenida desde el acceso y se abre gradualmente hasta alcanzar el agua. El paisaje no aparece como una imagen inmediata, sino como el final de un recorrido que acompaña el cambio de nivel.
La residencia entre el mar y la montaña en Albania incorpora otra forma de llegada: el acceso desde el mar. La marina, los caminos y las construcciones integradas en la ladera forman una experiencia continua. El viaje no concluye al desembarcar, porque el agua, el relieve y la arquitectura siguen guiando la entrada al conjunto.
En todos estos casos, llegar deja de ser un trámite. Es el momento en el que la arquitectura empieza a modificar la percepción del tiempo.
Vivir entre el interior y el exterior
Durante el verano, los límites de la casa se vuelven más flexibles. El jardín funciona como una estancia más; los porches acogen comidas, conversaciones y descansos; y la piscina se incorpora a la vida diaria en lugar de quedar aislada como un elemento independiente.
En la casa de las bóvedas de Mallorcau, una sucesión de bóvedas, patios, muros de piedra, zonas de sombra y superficies de agua organiza la relación entre la vivienda y el clima. Desde la llegada, la casa se percibe baja y serena. Después se despliega sobre la pendiente, alternando espacios abiertos y protegidos.
En la villa entre pinares en la Costa Brava, los volúmenes blancos y las cubiertas de teja se sitúan entre los pinos. Galerías y porches permiten vivir al aire libre durante diferentes momentos del día, mientras que la vegetación aporta sombra, privacidad y una relación directa con el carácter del paisaje mediterráneo.
La arquitectura no intenta eliminar el clima para mantener siempre las mismas condiciones. Trabaja con él. La profundidad de una sombra, la orientación de una terraza, el movimiento del aire o la cercanía del agua contribuyen a crear una experiencia ligada a la estación y al lugar.
La piedra, la madera, el ladrillo o la teja refuerzan esa relación. No se eligen únicamente por su apariencia, sino por la manera en que responden a la luz, al calor y al paso del tiempo. La casa gana así una presencia más natural, alejada de la sensación de escenario temporal que ofrecen algunos espacios vacacionales.
Compartir sin renunciar a la intimidad

Las vacaciones suelen reunir a familiares, amigos y generaciones diferentes durante periodos más largos de lo habitual. Esa convivencia convierte la distribución de la casa en una cuestión esencial.
Los espacios comunes deben ser amplios, abiertos y fáciles de conectar con el exterior, pero la vivienda también necesita ofrecer lugares donde retirarse. Dormitorios con mayor autonomía, terrazas protegidas, pequeños patios o recorridos alternativos permiten que cada persona encuentre su propio ritmo sin quedar desconectada del grupo.
En Benahavís en el valle, las viviendas se adaptan a la pendiente mediante distintos niveles. Las zonas compartidas, las terrazas y las piscinas se abren hacia el valle, mientras que la propia topografía ayuda a separar ambientes y preservar la privacidad.
En la casa de los patios en Pla de l’Estany, la residencia frente al lago se divide en varios cuerpos unidos por patios, terrazas y recorridos interiores. Esta organización reduce la sensación de escala y permite alternar espacios de encuentro con otros más tranquilos. El paisaje aparece de forma diferente desde cada zona, acompañando las distintas maneras de ocupar la casa.
La arquitectura facilita así que varias vacaciones sucedan al mismo tiempo: la de quienes quieren reunirse alrededor de la piscina, la de quienes prefieren descansar, la de los niños que recorren la casa con libertad o la de quienes buscan un momento de silencio frente al paisaje.
Una forma de conocer cada lugar
Para Borgos Pieper, una residencia de vacaciones pierde parte de su sentido cuando podría encontrarse indistintamente en cualquier parte del mundo. El proyecto debe responder a las condiciones concretas del destino y hacerlas perceptibles para quienes lo habitan.
“La arquitectura no debería competir con el lugar ni utilizarlo simplemente como fondo. El terreno, la luz, la vegetación, el agua o la manera de llegar forman parte de la experiencia. El proyecto surge al interpretar todas esas condiciones y convertirlas en una forma específica de vivir ese paisaje”, señala Etienne Borgos, arquitecto y director de Borgos Pieper.
Por eso, los siete proyectos no comparten una imagen única. Las bóvedas y la piedra de Mallorca responden a un contexto distinto del ladrillo claro y los patios de Pla de l’Estany. Las cubiertas vegetales de Albania Resort buscan integrarse en la ladera, mientras que la madera y la teja de Caputh establecen otro diálogo con el lago y su entorno.
Lo que permanece no es un estilo reconocible, sino una forma de trabajar. El estudio observa primero el lugar y decide después cómo debe aparecer la arquitectura. Cada casa adquiere así una identidad propia y permite experimentar su destino desde una perspectiva que no podría repetirse en otro paisaje.
El lujo de disponer del tiempo
En estas residencias, el lujo no se expresa únicamente mediante la superficie, los materiales o las vistas. También se encuentra en la libertad de utilizar el tiempo sin que la casa imponga un único modo de vivir.
Está en poder pasar el día entre el interior y el exterior sin interrupciones; en compartir la vivienda sin sentirse permanentemente acompañado; en contemplar el paisaje sin quedar expuesto; o en encontrar sombra, silencio y frescor cuando el verano alcanza sus horas más intensas.
También aparece en la capacidad de integrar las preferencias personales de quienes habitan la casa. En Benahavís y Costa Brava, por ejemplo, las colecciones de automóviles no se relegan a un garaje secundario. Forman parte de la llegada, de los recorridos y de los espacios sociales, incorporando una afición particular a la experiencia cotidiana de la residencia.
Esta personalización no consiste en sumar elementos extraordinarios, sino en conseguir que cada decisión tenga sentido para sus habitantes. Una piscina adquiere valor cuando se relaciona de forma natural con el jardín y las zonas comunes. Una vista se vuelve memorable cuando se descubre en el momento preciso. Y una gran estancia resulta verdaderamente generosa cuando permite usos diferentes sin perder comodidad ni intimidad.
Casas para recordar un verano
Las residencias vacacionales ocupan un lugar especial en la memoria. Son escenarios de encuentros, celebraciones y rutinas que solo existen durante unas semanas al año. Con el tiempo, un patio, una escalera hacia el agua, la sombra de un árbol o una terraza al atardecer pueden adquirir tanta importancia como el propio destino.
La arquitectura de Borgos Pieper parte de esa capacidad para construir recuerdos, pero la aborda desde la precisión. La espontaneidad del verano necesita espacios bien pensados: recorridos que no interfieran, zonas comunes capaces de adaptarse, materiales que envejezcan con naturalidad y una relación equilibrada entre apertura y protección.
La casa de verano se convierte así en algo más que un lugar donde alojarse. Es una arquitectura que permite bajar el ritmo, vivir más cerca del exterior y compartir el tiempo de otra manera. Una casa que no sustituye al destino, sino que ayuda a descubrirlo y habitarlo.

